Última charla entre Villa y Felipe Ángeles
Historia de México Jóvenes Socio-política

Última charla entre Villa y Felipe Ángeles

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Pancho Villa no creía lo que veía y escuchaba. Felipe Ángeles, después de meses de estar refugiado en los Estados Unidos, había regresado para pelear de nuevo con él, pero no como su brillante artillero y estratega militar, sino como salvador de almas condenadas al purgatorio. Los dos hombres se encontraban a un lado de un granero en un rancho cercano a Ciudad  Juárez.

   —¿Pues qué te hicieron los gringos Felipe, que estás tan cambiado?  

   Felipe Ángeles con cara de apóstol, miraba con ternura y amor al Centauro del Norte.

   —Tenemos que buscar la paz entre nuestra gente Pancho. Busquemos la unidad y el amor para acabar con este río de sangre que no nos conducirá más que al infierno. Todos tus mejores hombres han muerto. ¿Hasta dónde quieres llegar con esto?

   —¿Sabes que pienso de ti Felipe?

   —¿Qué Pancho?

   —Que eres un desperdicio de cabrón. Tienes todas las facultades que cualquier líder revolucionario hubiera soñado tener: presencia, estudios, buena cuna, carrera militar en los mejores colegios de Europa, cultura, inteligencia y bondad —Los ojos de Ángeles se iluminaron con los halagos del Centauro—. Madero, al iniciar la Decena Trágica fue por ti a Cuernavaca, exponiendo su vida en territorios zapatistas, con toda la confianza y seguridad de que tú te impondrías como su hombre fuerte. Madero te prefirió a ti antes de Huerta, y no tuviste los güevos para fusilar  a ese cabrón. Tuviste hombres y cañones en las puertas de Ciudadela para apuntarlos a Palacio y sacar achicharrada la carne del traidor de Huerta y sin embargo, te faltaron güevos para hacerlo. Te hiciste pendejo y viste como de tu misma prisión en Palacio Nacional sacaban a Madero para matarlo y no hiciste un carajo por él; pero eso sí, bien que agradeciste que te perdonara la vida Huerta.  Nunca tuviste los tanates para juntarte con toda esa gente que te respetaba y admiraba para contragolpear a Huerta. Muy al contrario, huiste como un cobarde. Luego te uniste a mí y llegaste hasta la cima, casi tocando las estrellas. Bien sabías que yo no podía ser presidente por ser un pinche ignorante, ni mucho menos mis amigos Urbina y Fierro que apenas sabían escribir su nombre; y sin embargo, nunca me gritaste a la cara: ¡Hey,  Pancho! yo quiero ser el presidente de la Convención, o de México sin la pinche Convención. Una vez en México me aconsejaste que atacáramos a Carranza en Veracruz. No sabes cómo soñé con escuchar de tu voz, tomemos Veracruz y hagamos nuestro  propio gobierno Pancho. Pero no, de ahí te fuiste para abajo hasta caer en esto que es una vergüenza —Villa estaba fuera de sí. Parecía que  iba a abofetear a Ángeles—. Casi me muero solo por las altas fiebres en una pinche cueva en la sierra de  Chihuahua. De milagro no perdí la pierna, y meses después me encuentro aquí al pinche  misionero de Ángeles pregonando la paz y el poner la otra mejilla. ¡Vete a la chingada Felipe Ángeles! No te necesito ni te quiero conmigo. No quiero saber más de ti. Piérdete en la sierra y escóndete, porque si de algo estoy seguro es que si te atrapan los carrancistas te van a fusilar como  el máximo show del Barbas de Chivo.

   Las lágrimas brotaron de los ojos congestionados de Ángeles. Villa lo dejó ahí, y jamás se volvieron a ver. Después de semanas de deambular por la sierra sin ser reconocido por nadie, fue aprehendido el 15 de noviembre de 1919 en el cañón de Salomé, en un lugar llamado irónicamente el Valle de los Olivos, por el Mayor Gabino Sandoval, quien lo entregó al gobierno carrancista de Chihuahua, reclamando oportunamente su recompensa.

   Felipe Ángeles fue juzgado militarmente el 24 de noviembre en el Teatro de los Héroes de la ciudad de Chihuahua. El jurado lo condenó a muerte y Carranza se rehusó a perdonarlo.

   Ángeles murió  creyendo lo que escribió en un papel mientras lo juzgaban:

   «…Sé que mi muerte hará más por la causa democrática, porque la sangre de los mártires fecundiza las grandes causas…»

   Al agonizar en el suelo, después de recibir la mortal descarga, Madero y Pino Suarez, con esplendorosas  alas blancas como la nieve, lo tomaron de la mano para conducir su espíritu con Dios; haciéndole ver que él debió haberse ido con ellos aquel 22 de febrero de 1913, noche  en el que los vio partir, y cobardemente no quiso acompañarlos.

Alejandro Basáñez Loyola

Por Alejandro Basáñez Loyola

Autor de las novelas de Ediciones B, Penguin Random House: “México en Llamas”;  “México Desgarrado”;  “México Cristero”; “Tiaztlán, el Fin del Imperio Azteca”; “Ayatli, la rebelión chichimeca”; “Santa Anna y el México Perdido” y “Juárez ante la iglesia y el imperio”.  

 Facebook @alejandrobasanezloyola          

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